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Seguir al Señor es una invitación y un reto.

El programa de formación para diáconos tiene muchos desafíos. Está diseñado para profundizar el sentido espiritual de un individuo, a la vez que se prepara al candidato para ser un ministro público en la Iglesia. Durante un período de cinco años, el candidato desarrolla los aspectos humanos, intelectuales, espirituales, litúrgicos y pastorales de su ministerio. El programa exige mucho trabajo académico, un discernimiento vocacional constante, el desarrollo de las destrezas ministeriales, y una profundización en la vida espiritual y la devoción, todo esto mientras mantiene sus responsabilidades principales con la familia y el trabajo.

De acuerdo con el “Directorio para el Ministerio y la Vida de los Diáconos Permanentes”, emitido en conjunto por la Congregación para la Educación Católica y la Congregación para el Clero, el diácono es “un ministro sagrado y miembro de la jerarquía”. Es ordenado al primer rango de las órdenes sagradas, no al sacerdocio o al episcopado. Ya no es un laico, sino un miembro del clero. Como otros clérigos, el diácono participa en el triple ministerio de Jesucristo: la “diaconía de la liturgia, la palabra y la caridad”. Representa a “Cristo el Siervo” en su vocación clerical única.

El diácono enseña la Palabra de Dios, administra con solemnidad el bautismo, y ayuda a dirigir a la comunidad en su vida religiosa. Asiste en el altar, proclama el Evangelio y predica y distribuye la Eucaristía como un ministro ordinario. Bendice los matrimonios, preside en los funerales, administra el viático a los enfermos y moribundos, puede presidir en la exposición y la bendición del Santísimo Sacramento, administra los sacramentos, y dirige las celebraciones dominicales en ausencia del sacerdote.

De una manera más significativa, debido a que los diáconos reciben el sacramento del Orden Sagrado, son enviados por Cristo para servir al Pueblo de Dios. Los diáconos deben hacerlo desde lo más profundo de una vida interior centrada en la Eucaristía, y nutrida por una vida de oración.

Los diáconos son importantes para la Iglesia porque la misión de la Iglesia no es una sola acción, sino un proceso: predicar el Evangelio, proclamar el kerygma, hacer más profunda la vida sacramental y de fe, y llevar a Cristo a quienes no le conocen. Para eso es que se ordena el diácono. La definición del diácono es mal interpretada si es definida por lo que realiza. El diácono es la presencia sacramental de Cristo como servidor. Se encuentra en el centro de la misión de la Iglesia para evangelizar. El diácono es llamado no sólo a obrar, pero también a llevar una vida de oración, que es su fundamento. Antes de poder predicar, debe buscar la santidad. Dios nos pide más a nosotros porque Él nos ofrece más. El mundo moderno escucha a los testigos, y el diácono es un testigo del Evangelio, en cuyo heraldo se convierte en la ordenación. El papel específico del diácono es llevar la Iglesia al servicio humilde, al lavado de los pies, al humilde ministerio de la caridad de Cristo.

Nuestra misión es la diakonia, que significa servicio. Es un llamado. Por virtud del bautismo, todos los cristianos son llamados por Dios para dar testimonio de la fe y para servir a otros. El servicio en la caridad y la verdad debe ser consecuencia natural del crecimiento y la madurez espiritual.

¿Cómo cree que Dios le llama para servir a la Iglesia? Que nuestro Señor les conceda la gracia para hallar y cumplir Su voluntad en su vida.